lunes, 18 de enero de 2010

El Recepcionista: "El robo"

Una noche trabajaba en la recepción del hotel. Las noches de verano en la ciudad son calurosas y la humedad hace que la ropa se te pegue al cuerpo como una segunda piel. Y sin aire acondicionado por la noche ,os podéis imaginar… Me quité la americana como cada noche y me aflojé un poco la corbata. Son ventajas de trabajar de noche, los jefes no te ven. Había acabado mi trabajo, todos los clientes estaban de fiesta por la ciudad o durmiendo tranquilos en sus habitaciones. Mi compañía nocturna, un seguridad de unos sesenta años bajito y barrigón, dormía apaciblemente en una de las butacas del hall. En la televisión solo había tele tienda y mi noche no prometía mucho.

Abro las puertas de la recepción para que entre el poco aire de la calle que queda. Observo la calle con su movimiento chicas guapas, turistas borrachos,”trabajadoras sociales”, pakis con cervezas… De repente se me acerca una chica con la cara roja y la mirada sombría. Había bebido e iba vestida para matar. Su minifalda deja ver unas piernas largas y esbeltas que me hubieran guiado sin problemas a donde ella hubiera querido. Con su acento argentino me pide para utilizar el teléfono. Demasiado pendiente de sus bellos ojos azules y de sus facciones redonditas y angelicales, respondo que sí casi sin darme cuenta.

En la recepción me pregunta por el teléfono de anulación de tarjetas de crédito. Como salido de la nube en la que me encuentro, me doy cuenta de la situación: la chica ha sido robada. Al preguntarle lo que había sucedido, ella explota y con cara de resignación me cuenta lo sucedido. La ofrezco un vaso de agua y la hago acomodarse en el hall mientras solucionamos todos los problemas. Emprendo los procedimientos que he hecho mil veces. Diez minutos después ya está todo solucionado. Por desgracia tanta prisa hace que ella se vaya antes. Y me abandona mientras yo me quedo solo observando sus piernas alejarse.

La noche vuelve a su rutina, mi compañero sigue con Morfeo y yo imaginando cosas para no aburrirme. Mi sorpresa es cuando se abre la puerta automática y aparecen de nuevo esos tacones unidos a las maravillosas piernas que no podía olvidar. Con una sonrisa me dice: “Se me olvidaba, gracias por la ayuda. Fuiste muy amable.” Sorprendido por el gesto, no puedo si no devolverle la sonrisa. Fuera, una chica joven y de cabellos largos y dorados con una minifalda aún mas corta espera paciente. En un arranque espontáneo de mi boca sale: “¿Qué vais a hacer ahora?” la chica sonríe y contesta: “Irnos a casa, nos queda el dinero justo para el billete, la noche se ha acabado para nosotras…” a lo que, casi sin palabras, contesto: “Bueno, yo ya he acabado lo que tenía que hacer y si queréis puedo invitaros a algo del bar del hotel, esta noche soy el único responsable…”. Como si jamás la hubieran robado, como si la noche acabase de empezar, me lanza la mejor de sus sonrisas y sale dando saltitos hacia fuera. Los tirabuzones de su cabello se mecen sobre sus pechos pequeños y morenos. Su minifalda se balancea y deja entrever el final de sus piernas.

En la barra las dos se mostraron más animadas. Yo descubrí para mi sorpresa que mi conversación y sentido del humor las hacía olvidar. O quizá la idea de una barra libre en una noche de verano hace olvidar a cualquiera la perdida de una tarjeta y dos DNI. El caso es que la noche se va alargando y sin darnos cuenta ya estamos bastante bebidos. Lo que era una aburrida noche de verano para un joven recepcionista con las hormonas disparadas, se convierte en una alegre velada con dos bellezas Uruguayas de cabello rubio y mirada de ángel. Los temas se sucedían y las anécdotas de contenido sexual se incrementan como el alcohol en nuestra sangre. La tensión sexual se palpa, las miradas se suceden como una conversación fluida entre ellas en un idioma desconocido para mí. Y por fin llega la pregunta: “¿Y cuánto cuesta una habitación en éste hotel? Digamos… para dos.” En un ataque de mojigatería contesto: “Pues ahora estamos llenos…” sin darse por vencida me replica: “Pero… por cuanto nos la dejarías a nosotras.” Sin poder rehuir aquellos ojos que me miraban de frente sin parpadear contesto: “A vosotras no podría cobraros.” Al terminar mis palabras la amiga se levanta de su taburete con su bebida y se dirige a la televisión que hay en el hall, acomodándose en una de las butacas. Con la mirada fija en aquellos ojos, en aquellos labios carnosos y rosados que ahora se muerden entre si, no me doy cuenta que su mano se ha acercado a la mía. “Quiero que me enseñes el hotel, lo harías?” encantado con el baile de sus labios contesto: “Claro.”

Su mano me guía fuera de la barra del bar. Lanzo una mirada fugaz al seguridad que ronca junto a su amiga. “No te preocupes estará bien” me lleva por mano hacía el ascensor.

En el ascensor se recuesta cansada y provocadora en una de las esquinas. Sus rizos se deslizan por su escote y el reflejo de su espalda desnuda se marca en el espejo. Sus ojos me atraviesan y las imágenes de ascensores averiados se suceden en mi cabeza; mi oreja entre sus labios mientras la golpeo contra la pared. Mis manos apretando sus nalgas con fuerza. Su pecho contra mi boca. Sus pezones entre mis dientes.

Llegamos a la última planta y el ascensor se abre. Otra vez toma suavemente mi mano. Sus dedos son sedosos y tiernos. Sus uñas juegan entre mis nudillos. “¿Qué podés enseñarme? ¿Tenéis azotea en este hotel? Apuesto a que la vista debe ser bárbara.”

Desde la azotea observamos la calle con sus luces y su movimiento. Una extraña sensación de soledad nos invade. El mundo parece estar tan lejos como el asfalto de la calle. En nuestra burbuja sus manos me guían hacia su pecho duro y suave. Sus pezones atraviesan su vestido y se marcan como cacahuetes. Su respiración se contiene suavemente. Nuestros labios se unen y me pierdo en su lengua, tierna y jugosa, que juega entre mis dientes y se retuerce voraz en mi boca. Sus labios, jugosos y ardientes, dejan paso a sus dientes que aprietan con fuerza los míos. Mis manos se introducen por su escote y a través de su sujetador. Su piel se tersa entre mis dedos. Su corazón palpita bajo mis yemas. Sus manos me aprietan con fuerza contra ella. Sus uñas se clavan en mi trasero. Mis manos la levantan sobre la cornisa y sujetan su culo con fuerza. Se contrae, se afloja, se tersa, su vello es ligero y se eriza con la fuerza de mis dedos. Me deslizo bajo su ropa interior. Está completamente empapada. Sus labios devoran mis orejas su aliento acaricia mis tímpanos. Sus pezones se clavan a través de mi camisa. Sus manos desabrochan mi cinturón, sus dedos bajan la cremallera, sus uñas rompen el botón. Mis pantalones caen al suelo con fuerza. Con la entrepierna a punto de explotar, siento sus manos suaves y calientes. Me acaricia, juega, se pierde… Voy a reventar, muero de placer... mi boca se ahoga entre sus cabellos, sus labios se desliza por mi pecho. Tira de mí. La penetro con fuerza. No hay resistencia. Un gemido apagado en mi cuello. Su cuerpo me desea y se encoge bajo mis brazos. Sus piernas me aprietan contra ella. Su piel arde, su aliento quema, sus manos me acercan y me alejan a cada gemido. Gime: “No, no puedo, no puedo… es demasiado. Para, por favor.” La sujeto con fuerza por el cuello, la beso con fuerza para acallar sus palabras. Esta noche eres mía. Mientras la sujeto con una mano, bajo su vestido con la otra. Sus pechos pequeños y erectos quedan al descubierto. Los devoro, los muerdo, los lamo, los chupo. Su cabeza se deja caer sobre mi mano extasiada, sus manos me aprietan con fuerza. Entre sus piernas el placer no conoce límite, aprieta con fuerza, me destroza, me mata. Oigo sus zapatos caer al suelo. Sus piernas se elevan hacía el cielo y se apoyan en mis hombros. En el estrecho alfeizar, deja caer su cuerpo. Sus cabellos cuelgan en el aire, su cabeza se lanza a otra dimensión. Con sus caderas entre mis manos la aprieto contra mí y la embisto con fuerza. Sus manos cuelgan en el aire. La siento gotear por mis piernas. La siento contraerse alrededor de mi miembro. El sudor fluye por su piel cual ríos. Sus manos se deslizan por sus pechos y su barriga. Sus gritos ya no se apagan, crecen a cada golpe. Agarro una de sus manos y se la pongo en la boca, su lengua se desliza entre mis dedos. Con sus manos tapando su boca, se ahoga de placer, sus gemidos son suaves y cantarines. Díos, gracias por noches como esta. Con los ojos abiertos me mira fijamente. Sus manos me agarran por la camisa y me aprieta contra su pecho. Sus piernas se abren a mi paso. Siento su sudor salado y dulce a la vez en mi boca. Sus pies me empujan hacía ella, sus uñas se clavan en mi espalda. Su cuerpo se tensa y queda rígido unos instantes, su respiración se detiene, sus dientes se clavan en mi cabeza. Me envuelve completamente con su cuerpo duro como una piedra. A medida que un gemido ahogado sale de su garganta, su cuerpo se relaja, sus músculos se destensan y sus extremidades caen al aire. Queda muerta entre mis brazos mientras sigo dentro de ella. Un juguete en mis manos. Me siento poderoso. Es mía. Puedo hacer lo que quiera con ella. Ahora el placer es mío. La penetro con fuerza y rapidez, su cuerpo se agita sin vida con la calle de fondo. Mis manos aprietan sus senos, estrujan su culo, mi lengua llena su boca. La levanto, la dejo ir. Es mía. Es mía. ¡Es mía!

Mientras ella se abrocha los zapatos me dirijo a la salida de emergencia. Está cerrada. Nos hemos quedado encerrados y no hay manera de salir. “La puerta está cerrada.” le digo. Ella se levanta, se acerca a mí con paso firme. Me sujeta por la corbata y susurra a mi oído: “Y qué.” Su lengua se desliza por toda mi oreja…